
El reciente colapso del terreno de una parte del pueblo siciliano de Niscemi, hasta quedar al borde de un gran barranco, ha vuelto a poner de manifiesto la delicadeza de la geología de Italia, un país donde más de un millón de personas viven en zonas amenazadas por los corrimientos de tierra.
Niscemi, un pueblo de 26 mil habitantes, ha sufrido el hundimiento de una parte de la colina sobre la que se asienta, quedando ante un auténtico barranco con un frente de 4 kilómetros y decenas de metros de altura por el que han caído casas y coches y que ha obligado a evacuar a más de mil 500 vecinos.
Al menos por ahora porque todo parece presagiar que el fenómeno seguirá creciendo y que el suelo seguirá cediendo, habida cuenta de que ya en 1997 perdió una parte de su casco urbano.
El desastre, además de suscitar las previsibles promesas de ayuda de los políticos, ha vuelto a poner en evidencia un hecho: detrás de la imagen idílica de una Italia de hermosas colinas está la cruda realidad de un país muy frágil desde el punto de vista geológico.
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