
Alemania enfrenta un invierno demográfico sin precedentes que cuestiona la sostenibilidad de su modelo de bienestar. Según los últimos datos de la oficina federal de estadística, la tasa de natalidad ha caído a 1,35 hijos por mujer, una cifra que se aleja drásticamente del nivel necesario para mantener el equilibrio poblacional. Durante 2025, el país registró un millón de fallecimientos frente a apenas 650.000 nacimientos, confirmando una tendencia donde las muertes superan con creces a la vida nueva.
Esta brecha entre el deseo de formar una familia y la realidad cotidiana revela una crisis de seguridad. Aunque los jóvenes manifiestan querer tener hijos, factores como la escasez de vivienda, el alto costo de los alquileres y la precariedad en el cuidado infantil han convertido la paternidad en un riesgo percibido de pobreza. Lo que antes era una decisión natural, hoy es un cálculo financiero y logístico que muchos ciudadanos no pueden permitirse, postergando o cancelando sus planes familiares ante la incertidumbre global.
El desafío trasciende las estadísticas y toca los cimientos del sistema social. Con la jubilación masiva de la generación de los “baby boomers”, alemania envejece aceleradamente mientras la mano de obra se reduce, un vacío que la inmigración por sí sola no ha logrado compensar.
La reflexión que queda sobre la mesa es urgente: el sistema actual actúa bajo una lógica de abundancia que ya no existe, obligando al país a repensar su futuro antes de que el desequilibrio entre quienes producen y quienes necesitan cuidados sea irreversible.
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