
Cuando usamos aplicaciones en nuestros teléfonos o le pedimos a un algoritmo que nos redacte un texto o nos cree una imagen, solemos pensar que esa información vive en “la nube”, un lugar abstracto e invisible.
Sin embargo, la realidad tecnológica es profundamente terrenal.
El vertiginoso avance de la Inteligencia Artificial está exigiendo un peaje ecológico que pocos ven, pero que está encendiendo las alarmas de los científicos a nivel mundial: la sed insaciable de las máquinas.
Para entender este fenómeno, debemos mirar detrás de la pantalla.
La Inteligencia Artificial no funciona en el aire; requiere de inmensos centros de datos repletos de supercomputadoras que trabajan al límite de su capacidad las veinticuatro horas del día.
Procesar miles de millones de algoritmos por segundo genera una cantidad de calor industrial devastadora.
Para evitar que los equipos literalmente se derritan, las compañías tecnológicas dependen de masivas torres de enfriamiento que evaporan millones de litros de agua dulce y potable cada día.
Las cifras recientes publicadas por investigadores ambientales son escalofriantes.
La Inteligencia Artificial promete resolver muchos de los grandes problemas de la humanidad, pero el costo de esa inteligencia no puede ser el recurso más vital de nuestro planeta.
